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José Luis Arroyo-Robles

LA MATERIA DE ESTE MUNDO ES BOSQUE

Curaduría por Paola J. Jasso

 

La producción que ha construido José Luis Arroyo-Robles para esta exhibición parte de una intuición fundamental: el bosque es una condición de existencia, a veces fondo, a veces recurso, pero pensarlo como mundo, nos ayuda a entender su continuidad material, simbólica y sensible en la que resulta difícil separar su origen, su forma y su persistencia. 

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El título de la exposición toma impulso de la novela The Word for World Is Forest de Ursula K. Le Guin, publicada en 1972, en un contexto marcado por la guerra de Vietnam, los movimientos antibélicos y el surgimiento de una conciencia ecológica contemporánea. Le Guin articula una crítica temprana al extractivismo y a las lógicas coloniales. En la novela, la devastación del bosque ocurre junto con la imposición de un lenguaje y prácticas que transforman a los árboles en recursos y sus comunidades en cuerpos administrables y desechables. Esta dimensión ecológica y decolonial resuena de manera directa con el tiempo presente, nos permite cuestionar y repensar el bosque como una red de relaciones históricas y materiales atravesadas por formas de uso, apropiación y resistencia, donde cada objeto conserva la huella de esas tensiones.

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Las piezas aquí reunidas parten de imágenes y materiales provenientes de las comunidades circundantes a la Reserva de la Biósfera de la Mariposa Monarca, en el territorio compartido entre Michoacán y el Estado de México, zona donde nació y creció el artista y su familia. Arroyo-Robles no se limita a documentar ese entorno, lo reconfigura desde sus propias condiciones materiales: el cuerpo del negativo, el espesor de la diapositiva, el marco que sostiene la imagen, los monolitos que son presencia. La fotografía deja de ser superficie para volverse objeto y sujeto a la vez, volumen, materia que ocupa espacio y entra en relación con el mundo del que proviene.

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Madera local, ocoxal y latón, vinculados a la historia en los muebles tradicionales y artesanías de la región, se incorporan como extensiones del paisaje. En un juego entre la problematización entre artesanía, arte y la persistencia de las formas, al artista le interesa presentarlos como fragmentos de una red más amplia de transformaciones: extracción, uso, desgaste y recuerdos familiares. En este sentido, cada pieza participa del bosque, en tanto comparte sus ciclos de acumulación y desplazamiento, donde las imágenes nacen de procesos análogos. La diapositiva guarda una latencia contenida en su marco metálico, mientras adquiere peso, espesor, borde. La fotografía se desplaza hacia el espacio, convive con otras materias para recordarnos que sigue siendo bosque aunque materialmente transformado. Cada elemento conserva una memoria táctil, una temperatura, una manera de haber sido parte de aquel mundo, pero también se activan preguntas entre sus materiales y las imágenes que observamos. El artista se acerca a estas materialidades como superficies de reflexión: cómo un tronco deviene tabla, cómo la aguja de pino se vuelve tejido, cómo el metal se incrusta y articula. Cada transformación deja una huella, una manera específica de relación entre cuerpo, herramienta y entorno. A veces miramos hacia arriba, a veces hacia abajo, cada árbol y sus partes, no dejan de ser mundo. Al cruzarse todas las miradas, configuramos un campo donde las imágenes continúan ocurriendo y el bosque sigue siendo. 

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Toda representación del territorio carga una historia de miradas anteriores: los paisajes que otros viajeros tradujeron en crónica, dibujo o fotografía siempre se interpretan desde un enfoque particular. José Luis Arroyo-Robles es consciente de esa herencia y su trabajo documental es también una lectura personal, una forma de medir la distancia, ni tan cerca que todo se sature, ni tan lejos que nada pueda verse. En las piezas a muro, de la serie Mirillas, esa mediación se vuelve literal y la retícula de latón y madera que organiza las imágenes proviene de un gesto corporal, la superposición de dos manos que construyen ejes. La mirada del espectador llega al bosque atravesada por esa estructura, recordándonos que el encuadre nunca es neutro: alguien decidió dónde estaban los bordes. Caminar el bosque, trabajar la madera, disparar el obturador: en estos tres actos el artista encuentra una forma de atención que la imagen digital raramente permite, una presencia sostenida donde el cuerpo no puede estar en otro lugar.

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En la novela de Le Guin el bosque significa mundo, ese mundo ha sido atravesado por la violencia, sin vuelta atrás. Hacia el final del relato, incluso cuando la amenaza parece retirarse, queda una certeza: el mundo no puede volver a ser lo que era, porque ahora sus habitantes saben que tienen la capacidad de matarlo todo a su paso, tecnologías que no habían sido necesarias en su ontología. Esta exposición parte de esa misma imposibilidad, pues no hay aquí un intento de restaurar una imagen intacta del bosque, o de sólo enunciar y denunciar una catástrofe ecológica, ni de situarse fuera de las condiciones que lo transforman. Las obras y sus preguntas se sitúan precisamente en ese después.

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En este punto, resuena la propuesta de Donna Haraway en su libro Seguir con el problema: habitar sin la promesa de una pureza recuperable y más bien reimaginar aquello que podemos ser o de dónde podemos partir. El territorio de la mariposa monarca, marcado por dinámicas ecológicas complejas, economías locales y presiones extractivas, no puede pensarse como un espacio aislado. Es un ensamblaje de relaciones humanas y no humanas, de migraciones, materiales, tensiones y afectos. En La materia de este mundo es bosque se piensa ese mundo de estar-con, estar-desde lo biológico, lo histórico, lo industrial o artesanal, lo imaginado y lo posible.

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Quizá, como sugiere Haraway, se trata de construir a partir de lo que está en curso, de atender a las relaciones que sostienen la vida incluso en condiciones de transformación constante. En ese permanecer, el bosque deja de ser una imagen lejana y se vuelve algo más próximo, una materia compartida, una caminata conjunta, una trama en la que cada árbol, cada objeto y cada forma participan.

 

 Paola J. Jasso

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Bucareli 108, interior 107. Col. Centro. CDMX

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